29 de Junio de 1994

A los 16 años, yo era una chica normal. Mi vida se basaba en estudiar, salir con mis amigas, y tratar de encontrarme por la calle al chico que me gustaba. Vivía una tranquila vida de adolescente hasta que, de repente, me sobrevino uno de esos acontecimientos que rompen tu rutina por completo. De casualidad y tratando de averiguar por qué sufría desvanecimientos ocasionales, me encontraron una cardiopatía congénita y, de un momento a otro, pasé de mi vida "normal", a pruebas de lo más desagradables, médicos y enfermeras por todas partes y una inesperada noticia, había que operar a corazón abierto. Básicamente tenía una CIA (Comunicación inter auricular), es decir un agujero en el tabique que separa las dos aurículas del corazón.
Esto dejó tocados y hundidos a mis padres. A mí, se me veía estupendamente, no había nada que les hiciera presagiar, que les iban a decir algo así de un día para otro. Y así, entré en la lista de espera para la intervención.
Aproximadamente un año después, y debido a un desmayo, me realizaron de nuevo unas pruebas que mostraban que el agujero estaba creciendo, y, sin más demora, el 16 de Junio de 1994 me ingresaban, para comenzar el preoperatorio.
Por fin llegó el día, el 29 de Junio. A las 6 de la mañana me despertaron para darme el primer pinchazo, pintaron mi cuerpo con yodo, me arroparon con una sábana verde y me pusieron un gorrito, ya estaba lista. La salida de la habitación, viendo la cara de mi padre, mi hermano, mi abuelo, y en el momento me sacaban por la puerta, llegaba mi tío Nando, su cara fue la última que vi en el pasillo de la planta 9. Mi madre bajó conmigo hasta la puerta del quirófano y ahí, cuando le dicen,"ya no puedes pasar, a partir de aquí, le toca ir a ella solita" nunca olvidaré su cara. A pesar de mi miedo, le sonreí, no quería dejarla mal, aunque sabía de sobra, que en cuanto me metieran, rompería a llorar, para ella fue uno de los peores tragos de su vida, lo sé.
En la antesala de quirófano me trataron con mucha dulzura, hasta me gastaron bromas, tipo "tú eres la de la apendicitis, no". Me pincharon mi primer gotero y para dentro. Lo último que recuerdo fue al anestesista preguntándome: "¿cómo te llaman, Ana o Cristina?", no recuerdo si llegué a contestar. Y de pronto desperté y un enorme reloj en la UCI, marcaba las seis de la tarde. Me había echado un sueñecito de 10 horas. Yo no recuerdo ningún túnel, ni ninguna luz cegadora, ni nada por el estilo, como afirman, muchos de los que pasan por operaciones con anestesia general. No recuerdo nada, solo dormirme en el quirófano y despertarme en la UCI, en reanimación, donde tenía que pasar ese día, hasta que se aseguraran de que todo volvía a funcionar bien en mi organismo.
Ver a tu familia por una ventanita y hablar con  ellos por el teléfono de la UCI es una situación muy heavy, más aún si se equivocan y te dan el teléfono al revés, ya sabéis, lo de escuchar en la boca y el micro en el oído. Estaba cansada y apenas me salía un hilo de voz, pero hice el esfuerzo de decirles que estaba bien y que no me había enterado de nada, y luego pedí a las chicas que me bajaran ya la persianita, que una tiene una imagen que mantener y menudas pintas debía llevar (según me comentarían después, llena de cables, goteros y agujas por todas partes). Afortunadamente solo estuve esa tarde y noche allí abajo, al día siguiente me subieron a mi habitación.
Es la primera vez que escribo sobre esto y, es curioso, como se me agolpan los recuerdos según lo voy relatando. Tengo tanto que agradecer, tanta gente estuvo a mi lado. Mi habitación parecía siempre el camarote de los Hermanos Marx, regalos, flores, bombones, cartas...tuve tanto, me distéis tanto, que no creo que pueda llegar a agradecerlo nunca lo suficiente. Hasta mis 17 velas las soplé allí, pues aún estaba ingresada el día de mi cumpleaños. Mi madre me trajo una tarta y me hicieron muchísimos regalos. Incluso algún paciente de otra habitación me hizo algún regalo, que 20 años después, aún conservo. Reconozco que ser una cría, en un pasillo de gente, más bien mayor, me hizo ser la niña mimada de la toda la planta.
Recuerdo las llaves de mi padre, de las que reconocía el sonido, y en cuanto las oía por el pasillo sabía que venía. A mi tío Pepe, que bajaba de Gandía, todo lo que le era posible para estar conmigo. El ramo de rosas que me trajeron mis compañeros del instituto y que nos hicieron llorar a mi madre y a mí. La foto de Alejandro Sanz, que decoró mi mesita en el hospital. Mis amigas, que no faltasteis un solo día. La voz de mi hermano un día en el que vino y le oí decir, "jo, siempre está dormida", pero le escuché perfectamente. Me asaltan los recuerdos de dos personas tan importantes para mí, que ahora ya no están: mi abuelo y mi tío Nando, que estuvieron siempre a mi lado. A las dos compañeras que tuve de habitación y a "El Peque".
Y mi madre, tendría tanto que decir de ella. GRACIAS MAMÁ POR TODO: por abrazarme cuando estaba asustada, por los sándwich y los batidos de contrabando (que mala estaba la comida del hospital), por pasar las noches dándome la mano o poniéndolas debajo de mi espalda para aliviarme los dolores...GRACIAS MAMI.
Y como no, Gracias al Doctor Ismael Reyes por operarme tan bien y dejar mi corazón como nuevo. A Tina, la jefa de planta del pasillo 9 B del antiguo hospital La Fe. A todas las enfermeras y enfermeros por tratarme de maravilla, y al personal de la UCI que son encantadores. Y definitivamente, gracias a la vida, por darme la oportunidad de seguir en ella.
En alguna ocasión me han preguntado si tuve miedo, la respuesta es sí, claro que lo tuve, pero la valentía que me faltó en algún momento, me la dieron los míos.

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